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De la Querella de las mujeres a los Guantes negros y blancos: La sintaxis de un lenguaje inquietante.

Es extraño que la mujer, siendo la primera en tomar la palabra en el Paraíso, simbolizando el nacimiento del lenguaje, sea a su vez aquel animal bestial reducido, como cuerpo masculino imperfecto, al sexo. Donadora de la palabra pero condenada por ser creadora de la penuria humana, seducida por el diablo entra al mundo del pecado, es débil y por eso vulnerable y culpable toda su casta. Origen de los males del mundo, como ha señalado Chiara Frugoni (1992), hacia 1340 la primer representación de la Muerte como símbolo de la condición humana se hará a través de la figura de una mujer vieja, semejante a las representaciones del demonio, con garras y siniestra y no a través de la idea de lo muerto. Lo femenino es comparado con lo infernal, tiene un secreto lazo de unión. Tantas veces el diablo toma el cuerpo de mujer como medio para la tentación. De allí en más el espacio femenino será espacio del silencio obligado.

Sin voz solo tiene el cuerpo como gesto posible en el mundo. La palabra es amputada del cuerpo. Tiene cuerpo limitado, definido, sujetado. Debe denunciar su condición a través de otros materiales, de otros trazos, de otras miradas solapadas, oblicuas y móviles, clandestinas. Debe encontrar espacios para respirar, para pensarse, para construirse secretamente en oposición a la imagen transmitida. La mujer se repliega al gesto. Los guantes sobre la Plaza de Santa María hablan, como todo arte, sin conceptos, sin palabras. Hablan como hablan los gestos mudos, atravesando el silencio primordial. Denuncian, construyen, tejen. Retoman una tradición.

Debajo de las calles de la ciudad la palabra de las mujeres se expande. Su palabra provoca tanto temor como su carne. Son las enemigas. Se las fabrica con una mirada temerosa. Pecaminosas por adelantado, en las palabras de lo cotidiano, en las palabras de lo sagrado. Hechas de sexo y no de voz, su palabra es aberrante. Palabra culpable, que se oculta, se repliega a lo privado. Palabras en las que el grito, las lágrimas y el silencio conforman una sintaxis fantástica. Son las lobas en medio del rebaño. Vagabundas, inquietas, curiosas, custodiadas. Deben ser castas y humildes. Silenciosas y sobrias. Misericordiosas y ante todo dóciles.

Esa bárbara e indómita bestialidad de las mujeres. Ese abrazo de mujer que Pavese describía como un abismo. Represión, clausura del cuerpo y cuidado de su palabra. Por los pasajes ocultos de la ciudad, han dibujado un mundo a través de su palabra. Una palabra propia, una mirada propia, desatada. Ocultas. En esos pasajes, la vida gorgotea como el agua, labra las pisadas como el agua labra los lechos de los ríos. Y emerge, sutil, a la superficie invadiéndolo todo, secretamente. Una palabra que se construyó deudora de la voz masculina y un cuerpo violentado, pecaminoso por adelantado, sospechado.

La violencia es un silencio que tiene la piel dura a toda súplica y a todo ruego. Una piel impermeable. Una superficie perfectamente tersa por la que todo intento de hendidura es estéril. La violencia hecha de gestos y de palabras, de abusos y de desencuentros. El Proyecto Guante Negro Guante Blanco de la artista Luz Darriba es una gran pintura monumental del desencuentro, del desconcierto, de la denuncia. Un gran tejido de treinta mil pequeños guantes negros y blancos que funcionan como miles de gestos que rasgan la superficie dura. El guante como símbolo de la violencia física y simbólica pero también como símbolo del poder del gesto capaz de atravesar el espesor de esa dureza. Una obra hecha de partes, de silencios, que invoca una mirada inmensa, abarcativa de un pintura móvil en la que son las mismas mujeres la que componen el mosaico. La mirada sobre la pregunta formulada desde la simple idea del gesto y la mano, desde el aire formando un inmensa maraña de puntos negros y blancos en medio de la lluvia.

Gestos de la mano, denuncia de un poder invisible en el discurso pero visible en los cuerpos. Gestos de la violencia solapada, imparable, avasallante. Violencias cotidianas, sutiles, que dejan rastros en los ojos, marcas en los tránsitos personales. Una lluvia acompaña el despliegue de los guantes sobre la Plaza de Santa María en Lugo. Funciona como una metáfora ambiental. Caen gotas de agua como caen los días y la rutina, caen en silencio y se desparraman sobre la superficie. Mujeres silenciosas forman parte de esta composición triste y a su vez inmensamente bella. Actitud estética, pregunta abierta. Mujeres que despliegan sobre esos guantes su vida vista desde una grieta instantánea, toda su vida en un segundo se proyecta sobre ese despliegue de pequeños guantecitos monocromos. Los guantes-gestos se mojan de agua y de historias personales, de manos que los colocan con suavidad, con un lento gesto de siglos. Nos preguntamos si puede tanto silencio engendrar palabras.

Guante Negro, guante blanco arroja preguntas como palabras sobre algo que no puede verse, que circula como algo invisible pero que adquiere una presencia inquietante. El arte siempre ha hablado sobre lo que él mismo no era. Ha hecho el gesto de interrogación ante el mundo que se desplegaba frente a él. Los guantes gesto funcionan como presencia de la invisibilidad implacablemente real de los gestos de violencia contra las mujeres que forman parte de esos otros gestos de violencia en el escenario construido sobre la idea de lo fuerte y lo débil, lo dominante y lo dominado. Las mujeres han sido labradas desde esta idea de la sujeción. Se labraron los cuerpos y las ideas. Los posibles y los imposibles. Su cuerpo de mujer ingresa al mundo humano de la mano del hombre, a través suyo. El cuerpo femenino se construye a partir de una señal de su cuerpo biológico. Un cuerpo apresado en la idea de su especificidad procreadora. Pero ese cuerpo es un cuerpo político, armado, degradado, desconocido y por eso temido. El gesto de violencia, su presencia descarada deben poder ser mostrados, llevados a la superficie y vistos por las miradas. El arte tiene aún mucho por decir.

Guante Negro, Guante Blanco propone esta educación de la mirada, esta apertura de un mundo subterráneo continuando el gesto inicial . Retoma el gesto de las mujeres durante siglos: la construcción de la palabra a partir de la sintaxis de un lenguaje sin palabras. Grito contra las violencias sobre el cuerpo construido desde la deshonra. El cuerpo definido abre espacio a una estética del cuerpo dominado. La huella, la marca, el rastro de la violencia y la injuria sobre el cuerpo son ambiguos, símbolos de un cuerpo estigma.

Guante Negro, Guante blanco funciona como espejo de esas marcas. La violencia corporal como violación y la violencia simbólica como violación también. Violación de su autonomía, violación de su voz, violación de sus espacios. Construcción de una gestualidad de lo femenino y una corporalidad. La mujer y su cuerpo incomprensible son lugar de deseo y de violencias. Cuerpo signado por la marca y la violencia, entre la ambigüedad y el deseo de lo constituido en un espacio ajeno y bestial indomable. Cuerpo ambiguo, perfectamente desconocido y ajeno, por eso temido. La violencia se dirige al cuerpo pero también al cuerpo alegórico, a las metáforas de lo femenino, de lo humillado, lo voluptuoso de sus senos, de su cabello, de su palabra. El cuerpo de mujer y la construcción imaginaria sobre él suponen una violencia siempre dirigida a esa potencia débil y a su vez de máxima fuerza, de ira, de explosión, de creación. La ambigüedad de lo frágil y lo bestialmente fuerte. El cuerpo incoherente de la mujer, cuerpo fragmentario, inabordable. Un cuerpo embrujado, volador, curador. Cuerpo de ensueños, que se escapa incluso a través de la violencia. Cuerpo intocable, refractario. Cuerpo animal antes que cuerpo de palabras. La mujer es construida como naturaleza. Y como tal, es violada y explotada.

El cuerpo de mujer se labra, se crea, se aparta. El ingreso al mundo social es diferente del ingreso de lo masculino. Lo femenino es ya marca y estigma. El cuerpo y el género, el sexo y el género. Lo femenino es un posición política de la mujer en lo social. El género es lo que permite pensar lo femenino como construcción política, como algo que supera el estéril binomio naturaleza-cultura. No hay definición biológica de lo femenino. Hay definición ideológica. La mujer fue definida como cuerpo masculino defectuoso. Toda una colección de definiciones a través de las cuales se construyó un cuerpo de mujer aborrecible y a su vez, la mujer deber ser sexo, no palabra. Isabel de Villena, abadesa del convento de clarisas de la Trinidad de Valencia, hacia el siglo xv se atrevió a plantear en 1497 que la Virgen María era, contradiciendo a Santo Tomás, capaz de predicación. Cuerpo capaz de palabra y no solo sexo. Como ha planteado Milagros Rivera (1992), desde tiempos de la Querella, las mujeres se atrevieron a contradecir el discurso masculino sobre algo vedado por completo: El discurso sobre el cuerpo de la mujer. Muchas veces lo han hecho a través de la capacidad del arte para componer sentidos desde las imágenes y no sólo desde la palabra. Siglos después, esa puerta abierta por primera vez a través de la palabra, de la insurrección, del grito, de la imagen, de la lágrima, del ser mujer como se expresaba Christine de Pizan, ese gesto silenciado una y otra vez, es retomado.

En Guante Negro, guante blanco, esa tradición femenina de hablar y de construir imágenes sobre su cuerpo, sobre su pensamiento, sobre su posición, sigue viva a través del gesto estético, mudo, que miles de guantecitos monocromos desatan en nuestra mirada, inquietándonos, como ha inquietado siempre la inolvidable voz de las mujeres.

Marina Gutiérrez